En principio, no es malo desear deleitarse con el sexo cuanto más mejor. Sin embargo, conviene no olvidar que, a veces, ponemos el listón del goce sexual deseado y esperado tan alto que olvidamos disfrutar de lo bueno que ya tenemos.
La vida ajetreada sin apenas reposo, la rutina y el aburrimiento son los grandes enemigos del placer. Y en los tiempos que corren, no resulta fácil sustraerse a uno o a todos esos factores de aplanamiento del goce sexual. Hay quien fantasea con incrementar el placer sexual a base de química, es decir, de afrodisíacos.
Pero, en contra de lo que suele creerse, los afrodisíacos no existen realmente, sólo están en nuestra cabeza. La responsabilidad de nuestro placer no está fuera sino en nosotros mismos. Y hay que peleárselo.
El incremento del placer pasa, más bien, por la tranquilidad, la disponibilidad de tiempo para dedicárselo a una misma y a la pareja, la innovación y, aunque parezca contradictorio y en contra de lo que muchos creen, la planificación.
El sexo espontáneo puede resultar delicioso, sobre todo después de algún tiempo de privación sexual. En cambio, dejar que las cosas surjan por sí solas, en el desquiciado mundo que vivimos, es darle demasiadas posibilidades a que no sucedan.
Para incrementar el placer sexual no hay más que P.E.D.I.R.:
Preparar el terreno
Estimular los cinco sentidos
En esa mesa pueden estimularse el gusto (comida, productos diversos extendidos por el cuerpo para añadir alicientes...), el olfato (en la propia mesa, una fragancia corporal...), la vista (lucir lencería sexy, ver una película romántica, erótica o abiertamente pornográfica, “actuar” para el otro y ofrecerle un espectáculo excitante...), el oído (música, palabras bonitas u obscenas, según las preferencias y el momento, lectura de un texto subido de tono...) y, muy importante, el tacto (acariciarse por todo el cuerpo desnudo en todas partes excepto en los pezones y genitales para despertar la sensualidad).
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